¿Y si paramos a valorar?

Valorar, valorar, valorar, ¿pero qué es valorar realmente?

¿Es dar mi opinión sobre algo? ¿Es poner una nota a un examen? ¿Significa juzgar bajo mi criterio a una persona?

Bien pues, valorar tiene varios significados y entre ellos, el de poner una valoración a un producto, a un lugar o al acto de una persona. Sin embargo, hay otra acepción de valorar que hace referencia a un sentido más humano, que es la de reconocer, estimar o apreciar el valor o mérito de alguien o algo. 

Con esta entrada, mi idea es que el lector que me acompaña hoy, abra los ojos y tenga la oportunidad de mirar la vida desde otras perspectivas en las que valore todo mucho más, convirtiéndose probablemente en una persona un poquito más feliz.

Un problema muy común de hoy en día es que empezamos a valorar las cosas cuando ya no las tenemos o estamos a punto de perderlas, como si solo fuéramos capaces de ver su importancia en el momento en que ya se están yendo. Y de hecho, quizás lo más triste no es perderlas, que también; sino darnos cuenta de lo valiosas que eran en nuestro día a día.

No sé si los que los que estaréis leyendo esta entrada sois conscientes del gran valor de nuestra vida y de todo lo que la rodea y es por eso que quería compartir con vosotros varias experiencias que han hecho que las prisas que tenía por alcanzar algo o por , hayan desaparecido por completo gracias a varios choques de realidad.

Valorar a las personas:

Era un día normal y corriente, volviendo en metro de la universidad y mucha gente intentando coger asiento. De pronto, un golpe provocó un empujón a un señor mayor al que pedí disculpas. Segundos más tarde les cedí el asiento a él y a su mujer y comenzó una conversación muy fluida. En ese momento, yo estaba cansada, y si a mi me decían de hablar con alguien, hubiera dicho que no.

Sin embargo, él hizo que mi actitud cambiara de un segundo para otro. Me hablaba con una cercanía increíble y me empezó a incluir cada vez más en su conversación. Recuerdo que él hacía bromas y no le salía una sonrisa hasta que no veía a su mujer reír; se veía un amor puro. Había algo que llamó mi atención y es que no fue una conversación normal, fue una conversación que me transportó a las conversaciones que tenía yo con mis abuelos en casa; me hablaban de los mismos temas, me decían lo guapa que iba ¡cómo si nos conociéramos de toda la vida!, me contaron también de donde venían y lo que hacían por las tardes (“bailamos juntos, escuchamos música…”). 

A personas un poco menos sensibles que yo, a lo mejor no les parece nada extraño ni les supone un cambio drástico, sin embargo, con mi mentalidad de valorar siempre hasta los más mínimo, de sentir mucha (mucha) nostalgia con cualquier olor, o recuerdo; o de echar de menos hasta los momentos más insignificantes, esos 10 minutos supusieron un gran golpe de realidad. Ya no tendría mas conversaciones con mis abuelos como cuando era pequeña y probablemente, esa haya sido la ultima vez que hablaría de ese modo y tan a gusto a mi edad con personas mayores. Ya nada sería igual.

 Al salir del metro, subía las escaleras mecánicas y me asomé para verles una última vez. Cuando les miré, se estaban despidiendo de mí con la mano y sonriéndome. Salí con una sensación extraña: estaba feliz porque me habían regalado un tiempo increíble, muy valioso y reconfortante. Sin embargo, me sentía incompleta y muy triste al pensar que ya no tenía esa suerte de sentir esa paz y esa tranquilidad en casa cada domingo.  


Vivimos con tanta prisa que realmente, nos olvidamos de vivir. Nos acostumbramos a las personas como si fueran eternas. Siempre damos por hecho que habrá otro viernes con mamá, otro verano con los amigos u otra comida familiar, hasta que llega el momento de acordarse de cómo eran las cosas antes, de cómo pintaba mi abuelo y de cómo cocinaba mi abuela, de cuánto les quería, de lo bien que nos lo pasábamos en los cumpleaños de pequeños… Ya no eres un niño; tú creces y con ello, las personas que más quieres. Es por esto, que quiero transmitiros la importancia de valorar el aquí y el ahora; y el estar agradecidos por las personas que la vida nos ha puesto por delante, porque todas ellas (incluso las que menos esperamos) tienen algo que aportarnos en esta vida. Para mí, mi familia y amigos; pero ese día fueron esos señores los que me transformaron.

Con esto último, no pretendo daros una lección ni mucho menos; simplemente os recomiendo que paréis a pensar y cuidar lo que tenéis, que os sintáis queridos por el gesto más mínimo de una persona que ha podido tener un mal día, y que apreciéis a los que hoy están a vuestro lado, porque nunca se sabe qué pasará mañana. 

Valorar nuestras oportunidades de vida.


Creo que muchos de nosotros tuvimos la suerte de vivir en primera persona una situación que, en el día a día, está tan normalizada que a veces parece incluso irrelevante. En mi caso, fue el día en que Sergio contactó con la Fundación Amigó para conocer el día a día de algunos de los chicos que la forman. Verles allí, con mi misma edad pero con la necesidad tan urgente de construir su futuro desde cero, me dejó muy impactada.

Escucharles hablar de su objetivo principal, que no era otro que encontrar trabajo para poder tener una vida mínimamente estable, me hizo parar y reflexionar. ¿Cómo puede ser que personas que perfectamente podrían ser yo o cualquiera de mis compañeros tengan una realidad tan diferente? Esa pregunta se quedó dando vueltas en mi cabeza mucho tiempo después de la charla.

A partir de ese momento empecé a valorar muchas cosas que antes daba por hecho. Valoro profundamente a mis padres, no solo por todo lo que han hecho por mí, sino también por todo lo que han construido para darnos estabilidad. Y evidentemente, también valoro a mis abuelos, porque todo lo que somos hoy viene de lo que ellos fueron capaces de sostener antes.

Valoro mi casa. Algo tan básico que a veces ni siquiera nos paramos a pensar: tener un lugar donde volver, donde descansar y donde desconectar cuando la vida se complica. Valoro mi colegio, mi educación, y todas esas oportunidades que, aunque a veces me hayan parecido normales o incluso exigentes, me han permitido crecer con una base sólida de un aprendizaje que me ha hecho ser quien soy hoy. Valoro haber tenido siempre a alguien cerca, cuidando de mi camino sin que yo tuviera que preocuparme por sobrevivir.

Y, sobre todo, valoro la seguridad que siento hacia mi futuro. con esto no me refiero a depender de nadie, sino tener la tranquilidad de saber que, pase lo que pase, no me faltará un hogar en el que estar. Valoro el amor que me han dado, la comida en mi nevera, mi cama, mi habitación, mi vida cotidiana tal y como es. Valoro no tener que preocuparme por sobrevivir, sino por crecer y mejorar. Y, al final, valoro la vida tal y como me la han puesto delante. 

¡Lectores!, os invito a que levantéis la vista de la pantalla y miréis lo que os rodea, los observéis y penséis en el valor que tiene estar donde estáis. Mucha gente desearía ser y estar tal y como estáis vosotros ahora mismo. ¡Valora!

Recuerda: aprecia cualquier pequeña sonrisa o gesto de amor porque muchas veces creemos que lo importante y lo que nos va a dar bienestar está en los grandes logros y en alcanzarlos cuanto antes; y no nos damos cuenta de que realmente el gran logro en esta vida, es haberla pasado feliz y encontrando la paz en las cositas pequeñas.

Gracias por leerme 😉.






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